Título:  Lolita Autor:  Vladimir Nabokov Editorial: Anagrama Precio:  14,90 € Páginas:  392 Puntuación:  5/5 ...

Lolita | Reseña

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Título: Lolita
Autor: Vladimir Nabokov
Editorial: Anagrama
Precio: 14,90 €
Páginas: 392
Puntuación: 5/5

La historia de la obsesión de Humbert Humbert, un profesor cuarentón, por la doceañera Lolita es una extraordinaria novela de amor en la que intervienen dos componentes explosivos: la atracción «perversa» por las nínfulas y el incesto. Un itinerario a través de la locura y la muerte, que desemboca en una estilizadísima violencia, narrado, a la vez con autoironía y lirismo desenfrenado, por el propio Humbert Humbert. "Lolita" es también un retrato ácido y visionario de los Estados Unidos, de los horrores suburbanos y de la cultura del plástico y del motel. En resumen, una exhibición deslumbrante de talento y humor a cargo de un escritor que confesó que le hubiera encantado filmar los picnics de Lewis Carrol.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos palada abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes: Lo. Li. Ta.

Hasta ahora jamás he leído una reseña de este libo que, tras termina de leer la obra, me haya parecido justa, o apropiada. Me parece el libro más malentendido que ha pisado la faz de la Tierra, y eso que para mí sus intenciones estaban claras. Siguiendo la estela de la semana pasada, nos hallamos ante un libro que domina con maestría el punto de vista y que se dedica a manipular al lector durante sus casi cuatrocientas páginas.

Nos vemos metidos de lleno en el cerebro de un encantador, culto y carismático pedófilo que, desde la cárcel, nos relata los sucesos de su vida que lo han marcado y que lo han llevado a ser como es. Esta novela es una crítica velada (o no tan velada) a la sociedad americana vista desde una perspectiva europea, a la cultura del usar y tirar pero, sobre todo, es un ejercicio de manipulación del lenguaje. Nabokov demuestra ser un genio en el momento en el que toma la pluma para escribir desde la perspectiva de Humbert Humbert y nosotros, ingenuos lectores, quedamos horrorizados en cuanto nos damos cuenta de que en cierto modo llegamos a empatizar con el depravado sexual que resulta ser el protagonista. Pero ese es el juego al que está jugando el autor: el desequilibrio de poderes entre el agresor y la víctima queda patente por quién cuenta la historia. 

Pero Nabokov va más allá, porque traiciona completamente al lector. Al estar contado en primera persona, el lector espera que el narrador sea sincero en todo momento. Con esa idea en mente empezamos a leer la obra y vemos que, en efecto, el narrador no se guarda nada de sus perversiones y nos explica cómo lucha contra sus instintos más básicos y su atracción por las niñas pre-adolescentes. Sin embargo, para cuando queremos darnos cuenta, Humbert Humbert ya se ha metido en nuestra cabeza y no sólo eso, sino que no será hasta el final que nos demos cuenta de lo veerdaderamente manipulador que ha resultado ser su relato. Nos encontramos ante una prosa tan convincente que nos hace olvidar que Dolores Haze no es más que una niña de doce años cuando Humbert la conoce, y que H es un adulto, de no menos de cuarenta años (aunque ahora no logro recordar qué edad tenía) que se convierte primero en su padrastro y después en su tutor legal y único pariente. Nos olvidamos que Humbert la manipula a ella al igual que nos manipula a nosotros, prohibiéndole y regalándole cosas a cambio de favores sexuales, haciéndole temer los servicios sociales, apartándola de todos sus amigos y de la gente que la conoce para llevársela en un viaje por carretera por todo Estados Unidos para poder violarla una y otra vez sin que ella tenga a nadie a quien acudir. 

Lolita no es una obra de literatura erótica, ni una novela obscena, sino que se merece el calificativo de obra maestra y de clásico que desde hace años la reviste. Es incómoda, es rompedora, es compleja y una de las obras más conocidas y controvertidas, pero sobre todo malentendidas, de la historia. No debemos leerla como una glorificación de la pedofilia ni como una historia de amor, sino como lo que es: un ejercicio literario, un artefacto, que lleva al lenguaje y al sujeto a buscar sus propios límites.
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